EL PRECIO DE ROJITAS
Había un solo elemento que rompía esa pared invisible entre mujeres y varones. Eran las figuritas. Las coleccionaban los unos y las otras. La moda entre las nenas en los tempranos 70 eran las figuritas con brillantina. Cuentos infantiles clásicos como Caperucita Roja tenían álbumes para completar con calcos que reproducían la figura del personaje en determinada situación. La brillantina rompió el modelo clásico de las figuritas destinadas a las más pequeñas. Entre los varones, las figuritas reproducían las caras de jugadores de fútbol, aunque también las había de pilotos de Turismo Carretera. En ese caso, el molde clásico lo rompieron las chapifiguritas, con los rostros de los ídolos impresos en chapa en lugar de papel. Y aquella pared invisible se derrumbaba por el mercado de intercambio que imponían las figuritas. Las nenas querían completar el álbum y no dudaban en proponerles a los varones que le consiguieran un calco que les faltaba a cambio de la figurita de un arquero, un delantero, un defensor que habían obtenido de algún hermanito, primo o quien fuera. El mismo modus operandi tenían los varones.
A medida que los álbumes se iban completando, subía la cotización de las figuritas faltantes. La ansiedad se iba apoderando de todos. En el kiosco enfrente del colegio y en el de la estación se hacían colas para comprar las figuritas cuando los viajantes llegaban los lunes con un nuevo cargamento. Se les pedía a los familiares que vivían en otras ciudades que trajeran de regalo esas figuritas. Ni hablar con los familiares que viajaban a diario a la Capital Federal. El rumor era que los fabricantes mandaban cargamentos con distinto contenido a cada ciudad. A pesar de tantos encargos, las figuritas difíciles nunca aparecían. A muchas chicas y chicos les ganaba el aburrimiento y desistían de completar los álbumes.
Entre los pocos varones que no capitulaban estaba Nelson. Él coleccionaba álbumes casi llenos. Por eso se había juramentado que el de 1970 que tenía en sus manos iba a ser el de su consagración. Las caras de ídolos como Cejas, Basile, Perfumo, Mas, Daniel Onega, Santoro, Yazalde, Pavoni, Roma, Bianchi, entre tantos otros, estaban pegadas a sus lugares. Comprando, intercambiando, arriesgando en muchos juegos, Nelson había llegado a mediados de agosto como el candidato más avanzado. Lo sabían en su grado, también los vecinos del barrio y, por supuesto, sus familiares. Todos se unieron en la búsqueda. Todos tenían sus motivaciones. Los compañeros de sexto grado A, porque estaban siempre queriendo mostrar que eran los mejores en cualquier actividad en la que participaran. En el barrio, porque si Nelson lograba su objetivo, iba a conseguir también una pelota de fútbol número cinco, el juguete más demandado, más compartido y más destruido en cualquiera de los abundantes potreros de esas geografías suburbanas. Los familiares, porque sus bolsillos descansarían.



















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